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sábado, 18 de enero de 2014

Un narco en mi mesa. #Medellín

Vista desde mi nuevo apartamento en Medellín
Tras seis días de búsqueda lo conseguimos: tenemos apartamento en Medellín. Con motivo de tal gesta, mis dos compañeros de piso españoles y yo decidimos montar una pequeña fiesta de bienvenida. Dos invitados: el buddy (un estudiante de EAFIT que te facilita la adaptación los primeros días) y un amigo colombiano de mi colega que no se veían desde, al menos, una década.

Cuando entró por la puerta la distancia y el tiempo se esfumaron y se fundieron en un abrazo. Tenían que recuperar el tiempo perdido. Gabriel (nombre ficticio), de unos treinta y tantos,  viste gorra, pantalones anchos; incluso parece que los lleva del revés, y camiseta blanca. Su cara rebosa felicidad y su boca amabilidad. Para todo lo que necesitáramos, acá estaría él. Nos regala una botella de vino.

Entre trago y trago, Gabriel, que solo bebe Pilsen mezclada con Coca-Cola, habla de nuestra querida
España con una exactitud asombrosa. Conoce la actual crisis económica del país, sus culpables y su origen. La corrupción política de Marbella se la sabe al dedillo. Juan Antonio Roca, Julián Muñoz o Isabel Pantoja son nombres que reconoce entre sonrisas y aspavientos mientras se enciende un oloroso porro.

“Yo conocí a Roca y a Muñoz en la cárcel”, dice Gabriel. Así, sin anestesia, comienzo a entender quién era nuestro nuevo y simpático amigo: un pequeño narcotraficante.

En España Gabriel lo tenía todo. Cuenta con absoluta normalidad cómo viajaba desde Colombia a España y cómo luego hacia lo propio entre Málaga, Madrid y Barcelona para vender la mercancía. Llevar 7.000 euros en el bolsillo era la tónica habitual. Pasar la droga en los aeropuertos una tarea, normalmente, fácil.

Casi nadie de los presentes habla. Todos escuchamos lo que casi se ha convertido ya en un monólogo. “Gabriel debería escribir un libro”, dice mi compañera. Y no es para menos. ‘Yo, narco’, pensé.

Gabriel relata sus experiencias con porteros de discotecas y, en general, sus peripecias en el mundo de la noche. Sin embargo, aunque llevo más de ocho cervezas encima y un chupito de Aguardiente Antioqueño, me mata la curiosidad y quiero saber más. ¿Cómo te detuvieron? ¿Cómo acabaste con Roca?

Tras cuatro años viviendo ‘el sueño español’ con impunidad, la policía detiene a Gabriel. Meses siguiéndole la pista con todos sus teléfonos pinchados. La policía conocía perfectamente toda su red; sabían cuando viajaba y el motivo. Lo habían cazado.

“Frío y calculador”, así dice Gabriel que lo definió el juez que le tocó nada más verle entrar esposado por la puerta de los Juzgados de Málaga. Pedían para él 10 años de cárcel, y es que la policía no lo situaba como un simple correo de la droga o un camello de tres al cuarto, sino como un auténtico cerebro criminal responsable de toda una red de narcotraficantes.

Por suerte para Gabriel, en Málaga hay buenos abogados. Cumplió poco más de tres años en prisión. Confiesa que ya está retirado y que eso forma parte de su pasado.

De su etapa en prisión no habla mucho, aunque sí definió un perfil claro de Roca y Muñoz. El cerebro de la Operación Malaya está muy bien visto en la cárcel. Según Gabriel, pasa la mayor parte del tiempo leyendo y estudiando. No es raro que muchos presos le pidan asesoramiento legal, a lo que suele acceder amablemente. Es casi un héroe entre rejas. Allí Roca está muy bien considerado entres los presos. Muchos sienten admiración por él. Un referente.

Sin embargo, Julián Muñoz es un paria. Un cateto al que manipularon y acabó siendo defenestrado. Gabriel cuenta que ese sí que lo pasa mal en la cárcel soportando continuas burlas.

Son las once de la noche y las reservas de Pilsen escasean. El buddy tiene ganas de irse a casa y llama a un taxi. No contesta nadie al otro lado de la línea. Gabriel hace una proposición que no podemos rechazar: llevarlo a casa y… ¡seguir la fiesta en la calle!


El carro blindado
A simple vista, es un Toyota urbano familiar. Cómodo y ágil para el caótico tráfico de Medellín. Sin embargo, poco después de acomodarme en el asiento trasero del carro, mi compañero de piso, situado en el asiento del copiloto, baja la ventanilla y me dice: “Mira Javi, cristal blindado”. 'Etílicamente' afectado, comencé a tocar la ventana, rozando con mis dedos el canto del material. Nada más y nada menos que 2,5 centímetros de cristal. “Es por seguridad”, dice Gabriel.

A partir de aquí, pocos detalles más. Sufrimos un auténtico atraco y el cristal antibalas nos salvó la vida. Hubiera sido un gran cierre para esta entrada, pero en honor a la verdad simplemente dimos un tour etílico por Medellín y regresamos a casa sanos y salvos.

Los próximos meses estaré en Colombia como 
estudiante de Comunicación Social en la 
Universidad EAFIT de Medellín.